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Joaquin Phoenix (Río Piedras, Puerto Rico, 1974) ha rogado estos días a los espectadores que no vayan a ver 'Beau tiene miedo' (en cines el 28 de abril) después de consumir setas alucinógenas. No es ninguna boutade, sino que sus palabras responden a un reto ... que algunos universitarios han subido a las redes, yendo colocados al cine a disfrutar de la última cinta de Ari Aster, tal como ocurrió en el lejano 1991, cuando se puso de moda meterse fumado a ver 'The Doors' de Oliver Stone.
Lo cierto es que la nueva propuesta de Ari Aster, director neoyorquino de culto tras renovar el cine de terror con 'Hereditary' y 'Midsommar', no necesita de ninguna sustancia psicotrópica para ser degustada. Acaso de una dosis de cafeína para aguantar con los ojos bien abiertos durante las largas tres horas que dura 'Beau tiene miedo', que es al mismo tiempo una pesadilla distópica, una comedia negra y un drama familiar.
Phoenix está presente en casi todos los planos en la piel de un hombre al que conocemos en la consulta del psiquiatra. La controladora figura de su madre se adivina como la causa de sus inseguridades, así que cuando recibe una desconcertante llamada segurando que ha muerto aplastada por una gigantesca lámpara de araña, emprende un viaje hasta la mansión de esta exitosa empresaria.
La primera hora y media de 'Beau tiene miedo' es divertida e inquietante. Transcurre en una ciudad sin ley de un presente alternativo, donde asesinos y ladrones no tienen policía que los detenga. La peripecia kafkiana del protagonista haría las delicias del Terry Gilliam de 'Brazil'. Después, nuestro temeroso y paranoico héroe acaba herido y acogido por una familia tan simpática que solo puede esconder turbias intenciones. Hay flashbacks de su infancia y Phoenix puede bordar el papel de tarado, más cercano a 'Her' que al Joker.
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Un bosque, escenario favorito del cine de Ari Aster, dispara el nivel de surrealismo de la cinta. La representación de una obra teatral que funciona como un juego de espejos de la propia vida del desconcertado Beau exige demasiado al espectador, que a partir de entonces solo puede estar dispuesto a admitir cualquier ida de olla del realizador. «Beau es alguien cuyo desarrollo se ha visto seriamente atrofiado», señala Aster. «Hay muchas cosas no resueltas en su interior o que él no comprende. Está paralizado por la ansiedad, atrapado en sí mismo y suspendido en un estado similar al de la adolescencia».
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