Cuando Susana Díaz adelantó a diciembre de 2018 las elecciones andaluzas ponía énfasis en que su adversario era «el señor Moreno Bonilla». No por cortés deferencia hacia su contrincante, era para acentuar el escarnio en su irrelevancia. Como cuando se pasaba lista en el colegio ... y nadie sabía quién era López García (con perdón a los citados). Pues bien, aquel Moreno Bonilla, patito feo, es cuatro años después Juanma presidente, el cisne del PP.
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Forma parte del reducido club de los dirigentes a los que se identifica por su nombre. «Es más fácil votar a Juanma que al PP», reconoce él mismo. Pero no es un crack, no despierta pasiones ni enardece a las masas. Es un tipo normal, «educado y moderado» dice de sí mismo, que ha hecho de la política su vida. Hijo de inmigrantes de Alhaurín el Grande y nacido en Barcelona, instalado en la clase media a su regreso a Málaga, pellizco de la lotería mediante. Una juventud como tantas, sin virguerías, salvo que se categoricen como tal sus pinitos en dos grupos de música, Lapsus Psíquico y Falsas Realidades.
Solo conoce las nóminas de la Administración. Se afilió al PP con 19 años. A los 25 era concejal en Málaga; dos años más tarde, diputado en el Parlamento andaluz, con 29 llega al Congreso con paracaídas de Cantabria, aunque después ya ocupó el escaño con credenciales malagueñas. A la sombra de Soraya Sáenz de Santamaría llegó a la Secretaría de Estado de Asuntos Sociales, y asume el liderazgo que casi nadie quería del PP andaluz para las autonómicas de 2015. Palma con todas las de la ley frente a Susana Díaz. El adelanto a 2018 pilla sin margen de maniobra a Pablo Casado, que se resigna a que el 'sorayista' sea de nuevo el candidato. Nueva derrota con los peores resultados de la historia del PP. Pero la fortuna estaba de su lado. Cuando nadie daba un euro por él, el descalabro socialista, la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz y el buen resultado de Ciudadanos le auparon a presidente de la Junta poniendo punto final a 37 años de hegemonía del PSOE. Uno de los grandes pelotazos políticos del PP en su historia.
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Llegó al palacio de San Telmo y volvió a darse de cara con la suerte. Se encontró sin oposición. Los socialistas estaban dedicados a lamerse las heridas y liquidar el 'susanismo'. A la izquierda del PSOE el navajeo doméstico no cesaba. Ciudadanos ha sido un socio fiable y Vox no pasó de ser un moscardón. El PP demostró que no era un mataviejas ni eliminaba subsidios ni pisoteaba al rojerío ni afloraron casos de corrupción. Su gestión se centró en la pandemia, sin estridencias ni sobresaltos. Dentro de un orden, un mandato placentero.
El PP andaluz es él. Ha hecho una campaña sin romper nada –los arrumacos con la vaca fueron quizá la única estridencia– y ha presumido de una gestión sin aristas ni para bien ni para mal. Suficiente porque enfrente ha tenido un erial. Solo la disyuntiva de Vox le ha alterado el gesto. Pero eso ya es historia. Ahora no tendrá ataduras para gobernar.
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